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Estas navidades blancas (con la excepción de Alicante); de paz (¿no, nunca más la guerra!, que destruye la vida de los inocentes, que enseña a matar y trastorna igualmente la vida de los que matan, que deja tras de sí una secuela de rencores y odios, y hace más difícil la justa solución de los mismos problemas que la han provocado); y de reflexión (el tiempo de adviento es tiempo de esperanza) no podemos bajar el tiro y quedarnos en un mediocre aislamiento.
Desde el día 30 de diciembre hasta hoy, los medios de comunicación y los políticos llenan de titulares sobre los acontecimientos del rompimiento de una nueva tregua trampa. Ilusiones perdidas, voy a gobernar siempre, yo soy más listo que nadie, los malos son buenos, los buenos son malos, queremos saber la verdad, nunca máis, que fue lo que explotó, quién lo explotó, la ira de los justos, la serpiente los tragó, no hubo errores, sí hubo errores, demolición de una forma de hacer política, el espíritu de Perpiñán, el Pacto del Tinel, de nuevo una furgoneta, mentiras y más mentiras, ETA amenaza con más Barajas si ZP no cumple «sus compromisos» No hay peor violencia que la violencia. Como señala el profesor Ballesteros en su libro Repensar la paz, las dos formar fundamentales en que la violencia política se presenta en nuestro tiempo son el totalitarismo u opresión ejercida desde el poder establecido y el terrorismo o violencia ejercida desde zonas ajenas al poder, pero que aspiran a detentarlo. En el fondo, totalitarismo y terrorismo son dos caras de un mismo fenómeno, ya que poseen una misma raíz: conseguir la alineación total del individuo a la comunidad política de la que se trate o, mejor, al grupo que pretende representarla. En el totalitarismo se ha producido ya esta situación de total despojo de los derechos por parte del Estado, la total sumisión de la persona; el terrorismo aspira a ello, al pretender que la persona se sienta vendida y acabe entregando todos sus derechos al poder. Un rasgo básico de la violencia política, sobre todo en su versión totalitaria: la persona como ser individual carece de dignidad y consistencia. Un segundo rasgo de la violencia política es su pretendido carácter purificador, redentor; la violencia política es una violencia ideológica, que siempre cree tener razones.
El presidente del Gobierno de España (Constitución de 1978), intentando hablar con ETA, HB y poder ser el presidente que alcanzó lo que nadie consiguió... ha visto truncadas sus esperanzas, un «accidente trágico mortal» (yo he tenido uno, pero no mortal, casi me matan y al final no me condenaron de verdadero milagro, me dio la impresión de que una mañana, al acercarme a una gasolinera, pretendían matarme, y casi lo consiguen, ¿la vida es muy jorobada!) vuela medio Barajas, mueren dos personas, pero, eso sí, nadie sabe quién puso las bombas (sus nombres) ni cuantos kilos se emplearon. Como dice en el ABC su director, cuando la situación naufraga dramáticamente es en el momento en que debió ser más sólida para el Estado y más precaria para la banda criminal: el 30-D, ZP hace una salida en falso ante la opinión pública en la que comete el peor de los errores al suspender, pero no romper, el llamado proceso de paz tras el atentado de Barajas con víctimas mortales (dice el presidente «accidente trágico mortal»). La organización criminal, ante un presidente desconcertante y asido con obsesión a una misión salvadora que nadie le ha encomendado, echa un pulso al Estado, al que las renuencias y silencios de ZP sitúan inestablemente en un peligroso alero si acaso el jefe del Ejecutivo cae en la terrible tentación de entrar de nuevo al capote de los criminales La democracia es severa con quienes no entienden que su esencia es la dignidad.
Arcadi Espada señala que ahora sabemos lo que es un alto el fuego. Un alto el fuego es un alto al muerto. Del «accidente trágico mortal» lo que está muy claro es «que toda la culpa es del PP», por rechazar una nueva oferta de diálogo. Será su responsabilidad y hará un flaco favor a los intereses generales y a los de su partido (ZP dixit). O sea, lo bueno es romper la Constitución de 1978, hacer el Pacto de Tinel. Persigan, todo sin el PP, estatutos que se cargan la forma de Estado, rompen el Pacto Antiterrorista (eso pequeños «papelillos»), etcétera. Al que se le endurece el corazón se le acaba reblandeciendo el cerebro. Cuando alguien es capaz de convertir su propio cuerpo en arma, no podemos defendernos amenazándole con matarle, pues lo que busca es la muerte; debemos erradicarle su odio. Christoph Reuter afirma que con el terrorismo se trata de transformar el poder de los impotentes en impotencia de los potentes. |