Es de gran actualidad en el mundo
de hoy –y especialmente
en España- esa crítica reiterada de Hayek –premio
Nobel de Economía en 1974- a los colectivismos,
a las frías abstracciones y, en fin, a los cálculos
con variables agregadas. “ Contribuyó a que
se llegara a este resultado la generalizada aceptación
del supuesto infundado según el cual las gentes
pueden actuar colectivamente. A modo de fábula
ingenua fue adquiriendo popularidad la idea de que el "pueblo" es
capaz de actuar”
Se debe llamar la atención sobre el peligro del
colectivismo así como el de dotar de antropomorfismo
a las abstracciones y a los grupos. Se puede decir que
las empresas, grupos, Estados, instituciones, colectivos,
razas...etc. -en algún sentido bastante cierto-
no existen porque lo que existen son las personas originales
que en el nivel institucional pueden o no coordinarse.
Y así, Hayek juzgaba el enfoque metodológico
de Keynes basado en la utilización y en el idolatramiento
de los agregados como la contribución o aportación
más peligrosa de éste ya que estas variables
agregadas enmascaran las variaciones de los precios relativos
impidiendo que estos ejerzan su función informativa
y coordinadora para los distintos agentes económicos.
Bhöm Bawerk también
resaltaba la importancia de lo micro sobre
lo macro ya
que a fin de cuentas éste depende siempre de
aquél: “Debemos
insistir en el análisis del microcosmos si realmente
queremos comprender el macrocosmos de la economía
desarrollada. Tal es el momento crucial alcanzado en
toda época por todas las ciencias. Se empezó siempre
interesándose por los fenómenos macroscópicos
y excepcionales, apartando mientras tanto la mirada de
la realidad microscópica y cotidiana. Pero luego
llega un momento en el que se percibe con sorpresa que
en los elementos más microscópicos y aparentemente
más simples se reproducen de un modo aún
más extraordinario las complejidades y los enigmas
del macrocosmos, y se llega a la convicción de
que la clave para comprender los fenómenos macroscópicos
debe pasar por el estudio de la realidad microscópica.”
Ese dotar de personalidad propia
a los colectivos y en concreto al colectivo del “pueblo”, unido a la toma
de decisiones por las mayorías –decisiones que
pueden ser cada vez sobre materias más amplias-
conlleva una serie de peligros que se deben poner de
manifiesto. Peligros que precisamente eran consecuencia
de aquel olvidarse de la sumisión –también
por parte de los gobernantes y de los legisladores- a
la justicia de las normas de recto comportamiento. Así dice
también Hayek: “ La idea de que la decisión
de la mayoría sobre el modo de abordar determinadas
materias concretas justifica suficientemente la justicia
de las mismas da lugar a la aceptación del hoy
generalizado supuesto según el cual la mayoría
en ningún caso puede incurrir en arbitrariedad
. “
En ese antropomorfismo del colectivo,
la “voluntad” del “pueblo” significa,
en realidad, la voluntad de la "porción" más
numerosa y activa del pueblo, de la mayoría, o
de aquellos que consiguieron hacerse aceptar como tal
mayoría partidaria. Si se idolatra el colectivo
del “pueblo” y se idolatra a su vez la decisión
de la mayoría –en aquella teórica división
de poderes- sobre cualquier aspecto de la vida de los
ciudadanos dejando que ese poder del partido mayoritario
sea ilimitado, el “pueblo” puede desear oprimir a una
parte de sí mismo, y contra él son tan útiles
las precauciones como contra cualquier otro abuso del
poder. Si nuestros maestros juristas pioneros del Derecho
Internacional plantearon como prioritario el gobierno
de cada uno por sí mismo, si no se ponen límites
a las mayorías se puede acabar en el gobierno
de cada uno por el aplastante oligopolio estresante de
la soberbia mayoritaria.
Debido a la expansión de los medios de comunicación
esa posible tiranía puede penetrar hoy en día
mucho más a fondo en los detalles de la vida,
llegando incluso a oscurecer y deformar aquellos principios
generales de la ley natural forzando la conciencia individual.
No basta, pues, con una simple protección teórica
legal sino que se requiere, además, protección
contra la tiranía de las opiniones y pasiones
dominantes y contra la tendencia de la sociedad –endiosando
la regla mayoritaria- a imponer como reglas de conducta
sus ideas y costumbres a los que difieren de ellas. Se
puede caer en la tentación de obstruir el desarrollo
e impedir, en lo posible, la formación de individualidades
diferentes, moldeando los caracteres personales con el
troquel colectivo ideológico de aquella mayoría.
De la mano de Hayek vemos cómo cobran relieve
en nuestras sociedades modernas democráticas –España
incluida- aquella doctrina de la limitación del
poder del Príncipe que es aplicable a la limitación
del gobierno y de los poderes públicos al objeto
de que no se desboque el mandato democrático de
las mayorías coartando las libertades individuales
fundamentales.
Publicado en Expansión
el 18 de abril de 2006 , Sección
Firmas, pag. 60 |